El Amazonas, su ritmo lento, sus pasos verdes. Llegamos a la triple frontera en barco. Por las orillas  desfilaban la vida cotidiana, los juegos, las tareas domésticas, el movimiento que produce el comercio... En las paradas sudadas se subían personas, marranos y loros, se oía una voz más fresca que ofrecía frutas, o pan. Nos quedamos mucho tiempo en el corazón de la selva, atrapados por los espíritus y los embrujos, por nuestra fascinación y el laberinto que supone ese espacio. Terminamos viviendo en una aldea varias semanas. Allí, el ritmo de las chacras, la huerta y la búsqueda del agua, la pesca, la escuela, las tareas compartidas entre niños y niñas, adultos, adultas y ancianas-ancianos, las brujerías y los brujos.... la vida, adaptada a ese exceso de vida que es la selva. Y en las madrugadas ruidosas y cargadas, las luces y los colores que parecían soñados.