Del himalaya al mar

el comienzo de esta nueva aventura
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         Estoy sentada en el velero. Se hamaca suavemente. Sobre la hornalla un café se prepara, se filtra el sol otoñal por las ventanillas. Vuelvo, como siempre que empezamos una nueva etapa, a pensar en el principio. Tal vez podamos decir que este viaje en velero comienza cuando Diego y yo nos conocimos, hace diez y seis años ya,  y decidimos emprender un viaje que rápidamente nos cambió nuestro estilo de vida y nos llevó a ser nómades, errantes, vagabundos. Después de dos años caminando de Argentina a México, cuatro años pedaleando de España a la China, cuatro años recorriendo Asia en un scooter y Argentina en una furgoneta, dos años recorriendo la China en una minivan, y un año europeo, entre los oleajes de la pandemia, descubriendo mejor a Francia y España a bordo de nuestra pequeña caravana, nos subimos ahora, los cuatro, a un velero. Como dijo Mae, riendo, después de la primera noche a bordo: “cómo hacer para tener casa pero seguir viajando? El velero!!”.  El velero, y con él los sueños de recorrer el Mediterráneo, de descubrir África, de regresar a América con la fuerza del viento… no hay nada más romántico que la idea de desplazarse, literalmente, con el viento. Cuántas veces contestamos a la gente que nos preguntaba sobre nuestros planes futuros: “no sabemos, viajamos con el viento”. Pero no era, del todo, cierto. Viajamos con nuestra voluntad loca, viajamos con nuestros sueños tan vivos y presentes, viajamos con la fe de que se puede, y de que nada vale más que el “ahora”, el momento, el presente…. Viajamos con la fuerza de nuestros músculos, con las ruedas, con el motor de la moto o la Van, con el entusiasmo y la paciencia y la fortaleza de nuestros hijos que nos acompañan. Y con amor, claro, con mucho amor en las buenas y en las malas. Pero con el viento, así, empujándonos a veces y deteniéndonos otra, no. Algunas veces, en el camino hacia el oriente en bicicleta, soñamos con Diego en ponerle vela al tándem…

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     Por más que podríamos decir que esta historia empezó hace diez y seis años, o hace 5 días cuando nos instalamos a bordo, a veces pienso que empezó hace un año, en la Himalaya de China, en la Provincia del Yunnan. Vivíamos en la montaña, cuidábamos de cienes de rosas, de cuarenta gallinas y de una gran huerta. La casa no tenía comodidades, era muy vieja y la única pieza que realmente estaba aislada era la cocina, con su salamandra, su gran colchón, su vidrio inmenso que daba sobre las montañas, los picos grises y las cimas blancas y abajo los bosques de pinares. Aquella mañana sopló el viento, la luz cambió, todo se contrastó y se embelleció de repente, nos refugiamos los cuatro en la cocina para ver pasar la tormenta veraniega. Y mientras se formaban arcos iris y tronaba y desaparecían las cimas y se movían los árboles, nos imaginamos los cuatro seguir ese gran viaje de vida a bordo de un velero. ¿Quién lo nombró primero? No sabría decirlo. Simplemente hubo un “se imaginan, si….” Y nos prendimos los cuatro. Diego capitán ya miraba el horizonte, Oiuna instalaba bordo unos cuantos gatos, Mae pescaba unos peces inmensos y se trepaba al mástil, yo entendía por fin a algunos autores que adoro, mientras intuía aquel tiempo de agua y me descubría en el mar, o descubría al mar en mí… En eso estábamos cuando vibró el teléfono. Un tal “Qi” me decía que estaba en la aldea la más cercana, que hacía mucho que nos “seguía”, que sabía que andábamos por la zona, sería lindo conocerlos… Diego no sabía de quién se trataba, “tal vez una chica a quién le vendí un cuadro”, me dijo. Yo le mandé nuestra ubicación, me dijo que vendría, caminando.

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        La tormenta pasó, tan veloz como había aparecido, y cada uno retomó sus ocupaciones. Me puse a  escribir, Diego se fue a su taller que no tenía ni paredes, Oiuna se volvió al gallinero a ver si le podía enseñar a las gallinas como volar, y Mae retomó su paciente búsqueda de hongos y serpientes.
Casi nos habíamos olvidado de Qi cuando se apareció, un rato después del almuerzo. Era un hombre,  de mi edad,  vibraba en él un equilibrio, una energía de luz y de paz, daban ganas de sonreírle y de escucharlo, de quedarse al lado e instalarse en su silencio. Empezamos a hablar en mandarín, pasamos rápidamente al inglés hasta que descubrimos que también hablaba francés: Qi  había crecido en Chengdu, cerca del barrio tibetano. Había vivido en Francia donde estudió náutica, y había navegado mucho. Después de años en el mar, se había instalado en Lhasa, Tibet, para enseñarles el inglés a los pequeños de una escuela. Tan, tan lejos del mar. Su trayectoria me pareció poética, sencilla, obvia: como todas las que no tienen fundamentos sino instinto, las que se rigen por leyes que no admiten racionalidades. Nosotros entre risas le compartimos el sueño que habíamos acariciado la mañana misma. Ya atardecía cuando nos dirigimos los cinco hacia el monasterio, delante del cual Diego y Mael tenían costumbre de juntarse con los niños aprendices y los monjes para jugar una partida de fútbol. Le propusieron a Qi jugar, yo le propuse quedarse. Pero se tenía que ir. Después de abrazarme agarró mi mano y puso algo dentro. Con su mano cerró la mía sobre el objeto que no había visto, y me dijo, sonriendo: “para que lo pongas en tu barco”. Qi se alejó, por la senda que lo devolvería al pueblo, con suerte antes de que caiga la noche. Yo apretaba mi mano sobre ese objeto tibio y frio a la vez, que pondría, un día, en mi velero. Ya era una certeza.

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Decidimos entregarnos al mar y el mundo del mar se fue abriendo. Carmelo, un capitán, se hizo de amistad con nosotros y nos llevó a navegar. Él sabe muchísimo, de cabos y velas, y vientos y corrientes. Es un profesional. Sin embargo nos decía: “ustedes ya tienen una gran parte, la más importante tal vez. Ustedes tienen el valor de hacerlo, de largar amarras, de tirarse a la aventura… Yo aprendo tanto de ustedes como ustedes de mí”. Me parece que exageraba un poco, pero le agradezco las palabras. Las recordaré, cuando me enfrente al mar.

 

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       Ahora estamos a bordo, hicimos ese paso, el barco apareció como por arte de magia y fue evidente que era ese. También siguen apareciendo personas maravillosas que nos enseñan y acompañan. Y en mi siempre se afirma esa confianza de que la vida es sabia, de que las cosas se van dando, si uno logra aguantar la espera y ver las señales. Alguien me dijo en una conferencia que hicimos en Santander que debía de ser muy duro vivir tantas aventuras: lo dura no es la aventura en sí, sino esos momentos inevitables de “entre dos”, de espera, a aguante, sin valijas ni casas donde descansar, sin escuela, sin una estructura palpable donde apoyarse…. De suelo y apoyo solo nuestra fe en que va a salir bien, en que todo se va a ir dando…Ahora sí, una vez más lo más duro está hecho y una nueva y grande y loca aventura empieza. En el centro del velero cuelga el objeto que me regaló Qi. Nos recuerda la energía de aquellas montañas, que tanto amamos, y que intuyo tienen mucho que ver con el mar.

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