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Sobre el mar 69 personas derivan
Piensan que se mueren.
El mar es una cárcel sin paredes
y con un horizonte de promesas.
Algunos están intoxicados:
tanta agua y morirse de sed.
Lanzan una llamada que llega a dónde tenía que llegar.
¿Quién conoce los caminos que recorrieron hasta acá?
¿Quién sabe de los caminos que les esperan?
Esa honda desesperación, esa promesa de libertad…
Eso, también es el mar.

Hay momentos en que un instante, un acontecimiento, justifica de por sí todos los caminos que has decidido tomar, y todos los que has decidido dejar. Momentos tan esenciales, no para uno, pero esenciales en sí, que uno no puede dudar que tenía que estar ahí, y en ningún otro lugar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

               

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Después de ver desde el mar cómo se nevaba el Etna y resistir 2 tormentas que parecía enviarnos el imponente volcán, decidimos subirnos a un fuerte viento norte para cruzar a Grecia. Era la travesía más larga que hayamos hecho nunca, casi 300 millas, y si hay algo que aprendí con el mar, es que nunca, jamás nunca se sabe cómo será esta vez. Salimos rápido, con la pretención de no perder ese viento, sabíamos que tras él caía un anticiclón y que el mar se transformaría en una trampa de la que no se puede salir, en un quieto desierto de agua lleno de espejismos y de silencio. Pero la Tortuga no es tan rápida, ni nosotros somos tan hábiles, y así como las velas se habían inflado y nos habían llevado a un ritmo constante, de través, durante unas treinta horas, de repente se cayeron y quedamos a la deriva.

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Ya no se percibía la tierra, y pasaron los días. Pronto nos rodearon unos bancos de peces, y unas cuantas tortugas, a prudente distancia. Hacíamos escuela, cocinábamos rico para mantener los ánimos, yo intentaba no prestarle demasiada atención a algunas alucinaciones auditivas que el resto de la tripulación no oía, aprendíamos el nombre de las estrellas de la constelación de Orión cuando caía la noche. Prendimos la radio dos tres veces, pero al estar tan lejos de tierra no se recibía el parte. A pesar de eso, al tercer día de deriva, cuando ya casi atardecía, Diego prendió la radio, sin esperanzas, más por hacer algo que otra cosa. Y entonces en el barco apareció una voz.

“Some one can hear me? Hello hello, some one can hear me?” Alguién puede oirme? Hola, hola, alguien puede oírme?”.

La voz sonaba a desesperanza, una llamada al viento desde un espacio de inexorable soledad, o encierro. Era un grito en la noche, temblaba, y no hablaba como se habla por radio, con los códigos náuticos. Repetía,  “alguien puede oírme?”  Diego contestó que sí lo oía.

“Please, save us. We are dying. No water since many days. We are sick. Please, save us.” 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diego me dejó la radio para que intente entender dónde estaban, y se fue a la cubierta a preparar el barco para partir eventualmente.  Después de intercambios confusos, logré anotar sus coordenadas aproximadas, y me di cuenta que estábamos a unas cuatro millas. Prendimos el motor, y ya era noche negra.  Mientras nos encaminábamos hacia allá, empecé a sacar unos bidones de agua potable que teníamos, y preparar una bolsa con comida. Y luego, por radio, intenté entender la situación de ese hombre. “cuántos son a bordo? Cuántos niños? Alguien está muy enfermo? El barco está en buen estado? “ Y así, asombrada y temblando, me enteré de que eran 69 personas a bordo , que el capitán los había abandonados desde hacía días, que eran de Pakistán, que una mujer se había intoxicado con agua de mar y un niño tenía problemas para respirar, y sobre todo, sobre todo, que tenían mucha sed y muchísimo miedo. Saqué todas las reservas de agua, decidida en que nosotros herviríamos el agua del tanque, no potable, para el resto de la navegación. Así, con todos los bidones, llegaba a casi 90 litros para que tomen ellos. También abrí las sentinas para sacar las conservas y reservas de comida, mis bolsas eran irrisorias para esa cantidad de personas, pero era lo que había.

En cubierta, con Diego, hicimos un plan: nos acercábamos y le dábamos una vuelta al barco para ver bien la situación, les alcanzábamos en dingui el agua. Y luego? Nuestra radio no alcanzaba a tierra, a 80 millas. Decidimos no decírselo. Intentaríamos por radio comunicarnos con un gran barco de carga, y que nos ayuden a comunicar con tierra. Y si no podíamos? Nos quedaríamos con ellos, hasta que se pueda. Y si no, los llevaríamos nosotros. Alguna solución tenía que haber.

Viendo los bolsos de comida y los bidones de agua, mi hija me preguntó qué haríamos si nos quedábamos sin agua o comida y no volvía el viento. Sacó algunas cosas, diciendo que no nos quedaba más. La tranquilice diciéndole que el viento volvería y que quedaba suficiente para nosotros, pero que ellos eran muchos más, era lógico que les de esa cantidad. “Su vida y la nuestra valen lo mismo, tenemos que compartir lo que hay. Un humano es un humano, un humano es un hermano.”  Un poco más tarde, cuando  mi hija vio el barco y los vio a ellos, dejó de preguntar y preocuparse por nosotros. Y ella misma volvió a poner dentro de la bolsa   la única botella de leche que nos quedaba y las últimas conservas de fruta en almíbar.

En el barco, todos habían prendido sus celulares, y de lejos  intentábamos entender cómo era la embarcación, Al acercarnos más me di cuenta de que era un velero. Por radio, le explicaba a Farad, mi interlocutor radiofónico, que tenían que guardar la calma. Que nosotros éramos una familia, que teníamos una embarcación pequeña, que no tenían que intentar subirse. Le decía que nos quedaríamos con ellos, que podían estar tranquilos, que tenían que guardar la calma. La voz temblorosa y entrecortada de Farad me contestaba “yes, yes, we calm down, but you will save us, right? You take us to a safe place, right?”. “ We will stay with you, we will help you, but please listen, we are not a rescue boat”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En cubierta mis hijos miraban el barco al que nos acercábamos. Salían muchas preguntas. “ Por qué tuvieron que dejar a su país? Por qué tuvieron que navegar de manera tan peligrosa? Por qué el capitán los abandonó sabiendo que estaban tan lejos de tierra y sin agua? Qué les pasará ahora?  Y si no los encontrábamos? Y si les pasaba algo, la gente que los quiere, cómo se iba a enterar? Y porque no pudieron venir sin esconderse?”

Yo solo atinaba a contestarles de que ellos podríamos ser nosotros. Que nosotros tuvimos la suerte de nacer en un país con paz. Que si no hubiera sido el caso, quizás hubiésemos tenido que hacer lo mismo que hacían ellos ahora, y estaríamos en ese barco, muertos de sed y miedo. Que ellos también habían tenido casa, trabajo, escuela, amigos y familias, y que tuvieron que dejarlo todo porque no podían quedarse. Les dije que el exilio era un acto de desesperación y de valentía. Y que no sabía cómo, pero los teníamos que ayudar.

El primer impulso de los migrantes fue intentar acercarse a nosotros,  pero entonces nos alejamos de nuevo y de nuevo por radio le pedí a Farad que nos dejen a nosotros acercarnos. Se quedaron quietos,  y entonces la Tortuga se puso al lado, Diego bajó en el dingui, e hizo varias idas y vueltas. Primero con un cargamento de agua, y luego otro, luego con las bolsas de frutos secos y conservas, y volvió con la info de que no podían cocinar, o sea que mi otra bolsa de comida, absurda, no servía para nada. Agarré la olla más grande que tenía, y me puse a hacer una avena con chocolate y miel , me imagine que algo caliente en ese momento era como un mimo para el alma. Mientras, por radio, Farad me explicaba lo que le pasaba a la mujer, mucha fiebre, vómitos. Diego se cruzó una vez más, con medicinas y con la olla caliente. Y se subió al barco. Le pareció natural, y a mí también. Que esté allí, sentado entre ellos, hablando del camino, de lo vivido, de lo que sucedía… Sentí que hubiésemos podido estar sentados con esa gente al borde de la ruta, en su país, con nuestra bicicleta, que ellos hubieran podido ser los que nos invitaban a algo caliente o a unirse alrededor de las brasas, como tantas veces nos han sucedido. A bordo una mujer lloraba diciéndole a Diego que era un ángel. Y el niño logró tranquilizarse con los mimos de Diego y su respiración se reguló. Le contaron que se habían subido al barco en Turquía. Que unos días antes, el capitán los encerró a todos adentro y un barco pasó a buscarlo. Mientras, yo me mantenía cerca del barco, y hacía llamadas por radio. En el AIS , nadie a la vista. Cuánto tiempo podríamos aguantar asi? Y si el mar cambiaba?

“Pam pam, pam pam, here Tortuga vessel, we are in distress”.

De repente, una voz me contestó. Era el piloto de un avión, o de un helicóptero. Le repetí la situación, nuestras coordenadas. Me dijo que se pondría en contacto con salvamento marítimo en tierra. Al rato, el ´piloto me confirmó que salvamento vendría. Que no podía decir cuánto tardarían, que nos quedemos junto  al otro barco. También me dijo que le habían pedido a un gran barco que se desviara, para poder ayudarnos con las personas enfermas. La noticia fue recibida con un suspiro de alivio a bordo del barco de los migrantes. Pasaron seis horas antes de que llegara la ayuda. Diego iba y venía, los barcos derivaban, todo era espera, en la noche negra y calma. Espera, murmullos. A veces unos hombres me decían un “thank you”  y no sabía bien qué contestar, sentía que no había nada que agradecerme. Yo agradecía a todas las decisiones que tomé en la vida y que me llevaron a ese lugar, a poder darles una mano, por más pequeña que fuera. Algunos empezaron a buscar dentro del barco todo lo que podía tener algún valor y a tirarlo al dingui, para agradecer: un plato, un colchón, un salvavida…

El gran barco solo llegó minutos antes del salvamento y  se comunicó conmigo a 5 millas. Cuando le dije que no parecía haber emergencia sanitaria, no se acercaron. Fue extraño cuando de repente se llenó de luces, llegaron los dos barcos, uno de salvamento y el otro de policía. EL de salvamento se ocupó de pasar todas las personas a su bordo, la policía se ocupó de interrogarnos. Era un dialogo absurdo, con un reflector en los ojos.  Al rato estábamos solos. Pensábamos que la policía hundiría el barco, pero se fueron sin hacer nada. La nave abandonada ahora representaba en el mar una bomba, un peligro. Y si algún navegante no la veía? Y si algún viento o alguna ola lo arrojaba sobre un velero más pequeño?  Diego y Mae se subieron a bordo, viendo si se podían sacar algo del barco, algo útil para nosotros, los winches, el ancla. O quizás atar el barco al nuestro? Una nube negra acompañada de viento apareció de repente. El mar empezó a cambiar de forma. Nos era imposible hacernos cargo del barco, sin saber siquiera lo que nos reparaba el viento y con la inexperiencia que tenemos. Volvieron los chicos, levantamos vela, y vimos cómo quedaba ahí ese peligro para todos los marineros.  Mae estaba impresionado. “Era todo tan sucio adentro mamá, creo que nunca me sacaré ese olor de la garganta. Había vómitos, y … Que linda es mi casa, qué suerte tengo yo… cómo pueden vivir asi?

- No pueden vivir asi Mae. Son como vos, como yo. Si vos estuvieras en su situación, también podrías aguantar eso, para sobrevivir. El ser humano se adapta a todo”.

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Hacía once horas que estábamos con el rescate, y había que navegar. Once horas en que ni Diego ni yo habíamos dormido. Nos faltaban 165 millas en línea recta para llegar a tierran ( lo que significan más millas, claro).  Eran las cuatro de la mañana y le pedí a Diego una hora de sueño, no daba más. A la hora, agarré el timón, y él durmió. Decidimos hacer turnos cortos, para recuperar… El mar se formaba, la nave avanzaba…. Pero todo lo que había por delante era un misterio. Nos costaba recuperar el cansancio, todo lo que no se duerme en el mar, ya no se recupera mientras dura la navegación.

Pero la nave avanzaba bien, y a pesar de que después de las primeras 20 horas  menguó un poco el viento y nos frenaran las olas, después de 26 horas estábamos a  50 millas de la tierra griega. Eso le dio ánimos a toda la tripulación…. Cuando Ulyses, ayudado por Eolo, vio su tierra aparecer en el horizonte, pensó que ya llegaba. Ese episodio de la Odisea, se lo había leído a los chicos durante los días sin vientos. Pero no habíamos aprendido la lección: estar a cincuenta millas no significa nada más que eso, no da garantía de que en 15 horas se llegará. Y, efectivamente, un frente negro se levantó. El viento cambió. Se puso del Este y levantó el mar. Nos era cada vez más difícil ceñir, y la proa apuntaba hacia un rumbo cada vez más sur. “No importa”, pensamos, “si no se llega a esa isla se llega a otra”. Teníamos un rumbo a 150 grados, lejos de los 90 grados que pretendíamos. Habíamos puesto dos risos ( poca vela mayor) y todavía usábamos la genoa, aunque poca. A pesar de eso, el barco escoraba mucho.  Pronto nos dimos cuenta de que las tormentas venían hacia nosotros, y sacamos todo, atando la mayor como podíamos con el viento que había, e instalando el tormentín. Hubo, durante el día, dos golpes de viento fuerte, que acompañaban las tormentas. Era extraño, había un 35 nudos constante, y el agua volaba sobre el mar. Y luego las ráfagas, espaciadas y regulares por un tiempo. Llovía a cántaros, se veía poco y nada. Nos íbamos turnando a la barra con Diego, y adentro los chicos cantaban y reían, excitados por la situación. Nuestra ropa estaba empapada, y tuve que aceptar que era mejor salir a timonear con la ropa mojada pero tibia que sin ropa: hacía demasiado frío para eso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cayó la noche, dejó de llover, y esperanzados volvimos a poner velas. Pero pronto en el cielo oscuro se dibujaron de nuevo rayos eléctricos, y se escucharon los truenos. De nuevo, sacamos todo, pusimos el tormentín, y tomamos una decisión: ataríamos la barra a estribor, para llevar un rumbo lo más “sur” posible, y nos dejaríamos derivar. Estabamos demasiado agotados para seguir afuera, bajo la lluvia y las tormentas, intentando resistirle al viento y al mar. Toda la noche derivamos hacia el Oeste a pesar de tener la proa al sur. Salíamos cada 20 minutos a mirar si no venía un barco. Por la mañana constatamos que nos habíamos alejado 25 millas de nuestro destino.  De nuevo cambió el viento, esta vez, podríamos avanzar. Había sol, y eso era en sí una alegría. Subíamos y bajábamos las olas de dos metros 70, tres metros, y algunas nos pasaban por encima.

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Mi hija ya no se animaba a preguntar si faltaba mucho, pero atada en la bañera, mirando hacia el mar, le grito al viento: “ Poseidon, Eolo! Nosotros no somos Ulyses! Por favor, déjanos llegar!”.  Fuera de nuestra cabina, el resto del barco era inhabitable, todo se había caído y era pisando sobre objetos que intentaba calentar una sopita o una pasta, para que la tripulación siga con energía

Llegamos a tierra de noche. En nuestra cabina, Oiuna Mae y Zas, el gato, dormían, todos pegados unos contra otros, y contra la pared dado la inclinación del barco. DIego estaba al timón, y yo, sentada en la escalera para proteger un poco a mi cuerpo entumecido del viento y de las olas, lo dirigía con el Gps. Sentía dolor en todo el cuerpo. Agotamiento. Y preocupación : era una noche sin luna.​

 

Pasó algo muy extraño, que es parte de la magia de esas aventuras en que uno se entrega a la naturaleza y sus embrujos. Me parece que el navegante va mucho más allá de sus propias fuerzas cuando se enfrenta a esas fuerzas, y cuando ve que está por llegar, se relaja. Creo que es tal vez uno de los momentos más peligrosos. Ulyses, después de nueve días y nueve noches timoneando sin parar, se durmió cuando percibió a Itaca. Un amigo me contó de un gran navegante que le dio la vuelta al mundo, y cuando llegó al puerto de Barcelona se durmió y chocó contra un gran petrolero que ahí estaba amarrado.

En la oscuridad, le informo a diego que se está desviando,  no me contesta. Le pregunto por qué se desvía, es peligroso. No hay respuesta. Lo alumbro, Diego se sobresalta: se había dormido. Estábamos a 3 millas de tierra. Sacudida por la adrenalina que me generó la situación, no siento más el frío ni  el cuerpo dolido, y tomo yo el timón. Diego se va en proa con una lámpara. Fue muy impresionante, para mí, inexperta marinera, entrar en esa cala profunda y estrecha, la única que ofrecía un reparo para el viento sur y las formadas olas del este. Solo atinaba a vislumbrar las inmensas paredes negras, eran tres: una de cada lado y una delante de mío. A veces una ola me corría de unos grados el rumbo y rectificaba, tiesa de miedo. Al fin llegué a 10 metros de profundidad, y Diego tiró el ancla. Claro que se movía, dado el mar que había “fuera”. Pero era un buen reparo. Nos quedamos observando la nave, y concluimos que estábamos bien anclados. Entonces vi a lo lejos unos rayos, oímos los truenos. Era demasiado oscuro para verle la cara a Diego, pero la pude imaginar. Pensé “ prenderemos motor, aguantaremos, no nos iremos contra las piedras”, no dije nada. Nos quedamos los  dos quietos, mirando hacia el horizonte. Otro rayo. “No sé si tuve una alucinación”… empezó Diego, “ creo que vi un rayo”. “ Yo también”, confirmé. Diego casi pareció sorprenderse. Pero ya se veía otro más. “Entonces es.” Murmuró. “No”, contesté, absurdamente decidida. “Es, pero no vendrá para aquí, hemos tenido suficiente para hoy, no vendrá para aquí!!”. Era casi una orden que le impartía al viento. O una súplica.  Cuando observamos que se alejaba la tormenta hacia otros rumbos, entramos a ordenar mínimamente el barco, y a entregarnos al sueño.

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