Me acuerdo de un viaje, hace tiempo ya, con toda mi familia materna, un viaje hacia la no palabra, el dolor compartido y sin embargo solitario, el miedo y el tiempo. Recuerdo esas noches de charlas y, en la oscuridad del pequeño cuarto, siento a mi madre que da vueltas en la cama y a mi tía hablar en voz alta desde los sueños. Entonces siempre tengo el mismo sueño: llego a una casa abandonada, con los yuyos altos, las paredes en ruinas y una mesa en el patio. En ella están sentados mi madre, mis tíos, mi abuela también. Hay una silla vacía. Y todos están como muy lejos, tras una extraña neblina. Cuando me quiero acercar, no hay más sillas, no hay más nadie, el patio está vacío.